Cita del día


CITA DEL DÍA: "Todo necio confunde valor y precio" (Antonio Machado).

Entrada antigua de la semana

ENTRADA ANTIGUA DE LA SEMANA: 20 de abril


martes, 29 de septiembre de 2015

Cuento de la lechera






Todas las noches, nada más llegar a casa, abre el armario de su dormitorio y saca una pequeña caja de caudales. Se recrea separando una parte de sus ingresos diarios y metiéndolos en ella. Hoy volverá a hacer lo mismo, pero sin embargo es un día muy especial. Por fin van a alcanzarle los ahorros para comprar la máquina de coser con que poder establecerse por su cuenta. En no demasiado tiempo se hará con otra y le dará trabajo a la Choni, su amiga y compañera de piso, tan trabajadora y mañosa como ella en las labores de costura. Ayer, sin ir más lejos, estuvieron hablando largo y tendido del asunto. Las dos podrán trabajar en casa, pero para cuando pueda comprar las siguientes máquinas ya le ha echado el ojo a un local que lleva tiempo sin alquilar. Lo tiene medio apalabrado con la propietaria. Allí se ubicarán perfectamente hasta ocho personas. Con tantas empleadas ella podrá dedicarse a la creación de sus propios modelos, que es lo que realmente le gusta. Como diseñadora sus ingresos aumentarán considerablemente...

Tan ensimismada está en sus pensamientos que casi no se da cuenta de que ha llegado a su portal. Mientras saca la llave del bolso una extraña intuición cruza por su mente. Conforme sube las escaleras de los dos pisos se va convirtiendo en angustia. Cuando entra en la vivienda y ve que en la habitación de su compañera no queda ni la maleta, no necesita ir al armario de la suya para confirmar sus temores. Sin llegar a quitarse el abrigo va a la policía a poner la denuncia.

No ha vuelto a saber nada de la Choni, ni de la caja de caudales. Sigue en su trabajo de siempre y ha empezado a ahorrar de nuevo. El dinero ahora lo guarda debajo del colchón. Piensa lo bonito que quedará en  el local un cartel luminoso con su nombre, mientras satisface los lujuriosos caprichos del baboso de los jueves por la tarde.


viernes, 25 de septiembre de 2015

Las habichuelas mágicas (cuento)






Una pobre viuda, que vivía con su hijo en una humilde choza, no pudo trabajar durante unos meses como consecuencia de una enfermedad. Para poder subsistir tuvo que tomar la determinación de vender la vaca, que era el único bien que poseía. Envió al chico a la feria del pueblo para ver lo que era capaz de sacar por ella. En el camino se encontró con un anciano, el cual le ofreció cambiársela por una bolsa con habichuelas. Según le dijo eran mágicas y le garantizarían de por vida su manutención y la de su madre. Encontró el negocio ventajoso, acepto y volvió tan contento a casa sin haber llegado siquiera a pisar el mercado. La pobre mujer se llevó el disgusto de su vida, arrojó el contenido de la bolsa por la ventana que daba al jardín y mandó al muchacho a la cama sin cenar, no tanto por castigo como por falta de comida. Compungido como estaba le costó dormirse, pero cuando lo hizo tuvo un sueño. Las judías que había tirado su madre se habían convertido durante la noche en una enorme planta de la que no se veía el final. Ascendió por ella y, cuando estaba por encima de las nubes, se encontró con el castillo de un gigantesco y malvado ogro que se comía a los niños (para variar). Con valentía logró deshacerse de él, no sin antes haber hecho acopio de una buena parte de sus riquezas (para variar también). Cuando se despertó se dio cuenta de que esas gilipolleces solo pasan en los sueños y tuvo que enfrentarse a la cruda realidad. Lo único que había ocurrido aquella noche era que las habichuelas habían germinado, crecido moderadamente y madurado, en un proceso que en una planta normal hubiera llevado algunas semanas. En consecuencia pudieron preparar unas deliciosas alubias para desayunar, almorzar, comer, merendar y cenar; sin embargo la rentabilidad que le habían sacado a la vaca seguía resultando ridícula. La sorpresa se la llevaron al día siguiente y en los sucesivos, cuando observaron que la planta volvía a dar frutos. De esta forma se cumplieron las palabras del anciano, en el sentido de que no iba a faltarles el sustento. El problema con que se encontraron fue que una dieta tan reiterativa no resultaba equilibrada. La consecuencia más preocupante no era que en el pueblo se les hubiera puesto el apelativo de los pedorros (por razones obvias), sino el hecho de que para buscar remedio a las flatulencias se aficionaron a los licores de anís y acabaron alcoholizados y con el hígado hecho unos zorros. Asimismo la falta de ejercicio para ganarse el pan con el sudor de su frente les llevó a una obesidad que terminó con ellos en una silla de ruedas. A pesar de ello puede decirse que fueron felices comiendo judías, tú no las probaste porque estaban frías y a mí no me dieron porque no quisieron. 


sábado, 19 de septiembre de 2015

Hansel y Gretel (cuento)






Hace muchísimos años, en un lejano país, se casaron una malnacida y un calzonazos, malnacido también (no nos engañemos). Fruto de ese matrimonio nacieron un niño y una niña, que se llamaron Hansel y Gretel. Llegó una época de crisis (casi tanto como la actual) en que flaqueaba la despensa. A la mujer no se le ocurrió otra cosa que tratar de sacudirse a sus hijos perdiéndolos en el bosque, para que se buscaran la vida como pudieran. El marido se resistió al principio, consciente de que iban a abocarlos a una muerte más que probable, pero bastó con la amenaza de dormir en el sofá y tener que beneficiarse a la cabra cuando quisiera desfogarse para que transigiera. A la mañana siguiente partieron los cuatro. Cuando los padres consideraron que estaban lo suficientemente lejos como para que los pequeños no fueran capaces de orientarse, allí que los dejaron con la promesa de volver a buscarlos antes de anochecer. Todavía estarían esperando los pobretes. Menos mal que Hansel, resabiado como estaba porque la hijoputez de sus padres venía de lejos, se había olido la tostada y tomado la precaución de ir echando unas piedras blancas que llevaba en los bolsillos conforme iban caminando. Para recorrer el camino de vuelta no tuvieron que hacer más que seguirlas a la luz de la luna. Cuando los vieron regresar, sus progenitores se quedaron con un palmo de narices. Pero la mala zorra de la madre tomó precauciones para que al día siguiente no pudieran hacer lo mismo, por lo que tuvieron que recurrir a echar migas del pan que llevaban para comer. El problema fue que los cabrones de los pajarillos se las comieron, por lo que no encontraron la forma de volver. Se sentaron junto a un árbol y encomendaron su suerte a Dios, pero les dijo que no tuvieran morro y que pusieran algo de su parte. Y así fue como empezaron a caminar, hasta que se toparon con una casita de chocolate. Una señora muy amable les invitó a entrar. Todo parecía muy bonito al principio, pero no tardaron en descubrir que en su anfitriona había más falsedad que juntando la de Judas con la de sus padres (los propios, que de los del apóstol nada se sabe). Antes de que se los cargara para comérselos, le dieron puerta al infierno (y nunca mejor dicho, porque la quemaron viva en el horno de la cocina). Cogieron todas las monedas y piedras preciosas que encontraron en la casa y se pusieron a buscar la suya. Cuando la encontraron salieron sus padres a recibirlos y, al verlos tan ricos, les mostraron una gran alegría por su regreso. Ellos les siguieron la corriente pero al amanecer del día siguiente, pidiéndoles que salieran a la calle para ver si hacía buen tiempo, los pasaron a mejor vida sin contemplaciones con una escopeta de caza que tenía el padre. Y a partir de entonces vivieron felices y comieron (además de perdices) toda clase de aves que se cruzaron en su camino, porque desde la experiencia de los pajarillos que se les zamparon las migas habían desarrollado una fobia muy especial hacia cualquier vertebrado con alas.


martes, 15 de septiembre de 2015

Pulgarcito (cuento)






Pulgarcito era un muchacho tan listo como diminuto, hijo de unos campesinos con pocos escrúpulos. Pronto aprendió de ellos el oficio de la delincuencia, en el que llegó a convertirse en un consumado especialista. Se compinchó con su padre para ser vendido y en cuanto cobraron la pasta engañó a los compradores y se escapó. A continuación se enroló en una banda de ladrones para ir a robar a casa de un cura. Una vez allí les dio esquinazo para quedarse con el botín (el del robo, no el del Banco de Santander), mancilló la honra de la criada (este apartado está censurado en el cuento, por ser infantil) y provocó la muerte de una pobre vaca que no hacía otra cosa que cumplir con su obligación de dar leche. Aprovechando que faltaban muchos años para que naciera don Félix Rodríguez de la Fuente, condujo a un lobo a su casa para que sus progenitores se recrearan matándolo sádicamente con un hacha y una hoz. De resultas se creó la Sociedad Protectora de Animales, pero los delitos ya habían prescrito.


viernes, 11 de septiembre de 2015

Las botas mágicas (cuento)






Matías era aquél niño al que tanto ilusionaba jugar al fútbol, pero que no lo hacía porque le daba miedo no estar a la altura de los chicos de su clase. Su abuelo le dio una lección para que aprendiera a confiar en sí mismo. Cuando fue al pueblo en las vacaciones de verano le regaló unas botas y le dijo que eran mágicas. Le habían pertenecido a él en su infancia y gracias a ellas había conseguido convertirse en un gran futbolista, a pesar de no tener demasiadas cualidades para serlo. Con esa confianza se las puso para unirse a los partidos de unos chavales del lugar y observó que realmente funcionaban. Le salían los pases, los regates, los remates y marcaba goles de todas las facturas. Enseguida se convirtió en uno de los mejores del equipo. Cuando el anciano lo vio confiado le explicó el secreto, invitándole a ponerse cualquier otro calzado para comprobar que también jugaba bien con él. Así lo hizo y quedó doblemente satisfecho, al darse cuenta de que el fútbol que desarrollaba era fruto única y exclusivamente de su habilidad y dedicación.

El colorín colorado y la moraleja que le pusieron al cuento fueron precipitados. Nadie había sabido hasta ahora lo que sucedió cuando Matías volvió al colegio. La primera hora de clase se le hizo eterna, por las ganas que tenía de que llegara el recreo para sorprender a sus compañeros con sus avances futbolísticos. Una vez en el patio, se le saltaron las lágrimas cuando vio que no servía ni para hacer sombra al que peor jugaba de ellos. El profesor lo observó y se interesó por el motivo de su disgusto. Llegaron juntos a la conclusión de que seguía teniendo las pocas aptitudes de siempre para la práctica de cualquier deporte, aunque en el pueblo viera un espejismo por no haber querido darse cuenta de que se estaba midiendo con niños mucho más jóvenes que él. Le reconfortó diciéndole que podía sentirse orgulloso de ser una buena persona, con muchos amigos y una inteligencia y capacidad de trabajo que le permitían ser uno de los mejores alumnos de la clase. Le invitó a seguir jugando al fútbol por diversión, tratando de progresar cada día, pero asumiendo que en esa actividad de su vida nunca estaría entre los mejores.

Las atinadas palabras que el chico escuchó de su profesor muy bien podían haber sido dirigidas a todos esos padres egoístas que hay por el mundo amargando el ocio a sus hijos, soñando con que les van a retirar de trabajar para convertirlos en representantes de sus brillantes carreras futbolísticas.


domingo, 6 de septiembre de 2015

El flautista de Valdemoro (cuento)






Corrían aquellos lejanos tiempos en los que la edad media de los habitantes de Pinto había subido considerablemente. Los jóvenes del lugar encontraban en el pueblo vecino de Valdemoro el trabajo que les faltaba y poco a poco fueron trasladando allí su residencia. Las parejas se formaban allí y allí tenían sus hijos. Llegó un momento en que Pinto se quedó sin niños. Las  personas mayores andaban siempre taciturnas, sin la alegría de la gente menuda.

Aquellos eran los mismos tiempos en los que la edad media de los habitantes de Valdemoro había descendido sensiblemente. Todos los jóvenes se habían concentrado allí y, en consecuencia, allí se producían todos los nacimientos. Las personas adultas estaban estresadas con tanto niño. La apacible comida en el restaurante, la tranquila lectura de un libro o una apasionada noche de amor, eran siempre interrumpidas por el impertinente llanto de un mocoso.

Un hombre de Valdemoro, que era muy listo a la par que habilidoso con la flauta, se dio cuenta de la situación y decidió sacarle partido cuando observó el poder de convocatoria que tenía entre los críos con su instrumento. Los atraía a la plaza con el sonido del mismo y, cuando se encontraban todos allí, se los llevaba sin dejar de tocar a la aldea vecina. Tanta paz dejaban en la de partida como alegría encontraban en la de llegada. El día que detectaba que en la primera se había hecho hueco la nostalgia y en la segunda se había producido el hartazgo, utilizaba el mismo sistema para emprender el camino a la inversa. Los habitantes de una y otra le mostraban su agradecimiento en forma de monedas y el flautista se convirtió con el paso del tiempo en el más rico de la comarca.

Hay muchas versiones sobre el sentido de la frase "estar entre Pinto y Valdemoro", pero parece ser que el verdadero es el que voy a explicar a continuación. Preguntados los habitantes de ambas poblaciones si eran más felices con los niños o sin ellos, se llegó a la conclusión de que el momento culminante de felicidad se producía cuando se encontraban en el trayecto entre las dos, porque mientras los de una estaban empezando a disfrutar de su ausencia los de la otra todavía eran capaces de idealizar la que se les venía encima.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

La Cenicienta (cuento)






Llegado el momento de sentar cabeza a través del matrimonio, el príncipe de un país no tan lejano organizó una fiesta a la que estaban invitadas todas las muchachas casaderas sin discriminación alguna. Las hermanastras de Cenicienta se vistieron con sus mejores galas, sin pensar en ningún momento que ella también tenía su corazoncito. Menos mal que el Hada Madrina estaba allí para poner las cosas en su sitio. Con un golpe de varita mágica le diseñó un vestido que para su colección lo hubiera querido Donatella Versace, se lo complementó convenientemente para que estuviera sencilla pero mona y realzó sus evidentes encantos con un peinado y un maquillaje adecuados para el evento. Puso a su disposición una dos caballos (no una furgoneta Citroën, sino una carroza tirada por un par de corceles) y, tras exigirle como única condición que tenía que estar de vuelta para presentar el telediario de la medianoche, la mandó para el palacio como si tal cosa. El príncipe quedó enseguida prendado de los encantos de Cenicienta y le dedicó prácticamente todo su tiempo, hasta que la chica se dio cuenta de que se le había hecho muy tarde para cumplir con su compromiso y salió rauda hacia el carruaje que debía llevarla a su destino. Con las prisas su vestido quedó enganchado en un arbusto del jardín y tuvo que partir en bragas y sujetador como única indumentaria. Fue sin embargo la prenda perdida la que permitió al enamorado galán encargar a sus criados que encontraran en el reino una mujer a la que le sentara como un guante. Después de muchos días de infructuosa búsqueda, porque siempre por exceso ninguna daba la talla, cuando la última esperanza estaba depositada en las residentes de la Clínica de Anoréxicas de la capital, dieron con ella en un plató de la televisión para la que trabajaba. Y de esta forma pudieron casarse y ser felices, aunque no comieron perdices porque engordan una barbaridad.